TEXTO ÍNTEGRO DEL DISCURSO INAUGURAL DEL EXCMO. SR. PRESIDENTE DEL PARLAMENTO DE CANARIAS GABRIEL MATO ADROVER
Excelentísimos señores, señorías, autoridades, señores y señoras
Hoy es un alto honor para este Parlamento recibir a los
representantes del Parlamento Europeo y del Congreso de los Diputados
del Reino de España para celebrar todos juntos con ellos una Jornada
de reflexión y debate sobre el Tratado Constitucional de la Unión
Europea.
Y es un alto honor porque estamos inaugurando una tradición en
España al celebrar jornadas como ésta en el marco y al amparo de una
Asamblea Legislativa regional.
No suele ser habitual que los Parlamentos en España integren
Jornadas o Seminarios como éste en sus respectivas agendas políticas.
Y mucho menos que las lleven a cabo en foros tan nutridos y abiertos a
la sociedad civil como el que hoy tenemos la intención de celebrar.
Pero que no contemos con tradición al respecto no supone en modo
alguno que no hayamos hecho el esfuerzo de celebrarlo y nos sumemos
así a la labor pedagógica que, a su vez, los miembros del Parlamento
Europeo y del Congreso de los Diputados vienen haciendo desde hace
meses.
La frontera que separa la tradición de la innovación es difusa y
muy estrecha. Basta que alguien tome la iniciativa y la lleve a buen
puerto para que quede como bagaje y se incorpore como know how
al inventario de sanas y buenas prácticas de cualquier sociedad madura
y responsable.
Canarias, nuestra sociedad insular, este pedazo de España y de
Europa enclavado en el Atlántico medio, es una sociedad lo
suficientemente madura y sobradamente responsable para no dejar
escapar la oportunidad y acoger a este grupo de notables, en su misma
Cámara Legislativa, para discutir con ellos sobre un tema capital que
le preocupa.
No voy a hacer la historia de un proceso. Ni es mi responsabilidad
ni soy la persona más indicada para hacerlo. Pero sí me gustaría
recordar que el actual proyecto de Tratado Constitucional nació con
una idea clara y firme de lo que es y debe seguir siendo Europa, y en
esta idea tiene Canarias depositadas gran parte de sus esperanzas.
Es un hecho que, con su debate sobre el Tratado Constitucional,
Europa ha vuelto a la escena política. Debemos alegrarnos y
felicitarnos por ello, pues Europa de esta forma se ha adentrado en
una nueva era. Frente a los avatares de la historia reciente, es
conveniente que encuentre el modo de enriquecer y ampliar la visión de
los padres del Tratado de Roma. Pero he de advertir que España, y
Canarias, fiel a su vocación, no tienen la intención de asumir una
posición secundaria y apostarán por estar en primera fila.
Europa ha decidido constitucionalizar su proceso de construcción.
El actual proyecto de Tratado Constitucional responde a lo que sin
duda son los auténticos retos de esta nueva era.
Así, ha clarificado el reparto de competencias entre la Unión y
cada uno de sus miembros. Ha propuesto simplificar su estructura, sus
instrumentos y sus procedimientos para hacerse más comprensible al
ciudadano. A la vez ha incorporado la Carta de derechos fundamentales.
En fin, ha profundizado en su carácter democrático potenciando el
papel que en ésta juegan los Parlamentos nacionales y, en conexión con
éstos, sus Asambleas Legislativas regionales.
Paradójicamente, estos logros han quedado eclipsados por el debate
provocado a partir de la fórmula salida de la chistera del Sr. Giscard
D'Estaing, que ha hecho suya la Presidencia italiana, y que destruye
el equilibrio institucional aprobado en Niza. Pero que el actual
proceso cuente con alguna sombra no tiene por qué significar que en su
totalidad se encuentre obscurecido. La Unión Europea goza de salud, y
goza de salud porque no ha cambiado su naturaleza.
Europa es, desde la prehistoria del Tratado del Carbón y del
Acero, una Unión compleja y estructuralmente asimétrica, con vocación
política. Y desde el mismo Tratado fundacional, esta asimetría se ha
venido superando con la misma fórmula. Partiendo de la base de la
doble legitimidad de ser unión de Estados y de ciudadanos, fundada en
ambos casos en el principio de igualdad, ésta ha sido modulada
rompiendo el principio de proporcionalidad pura en el Parlamento
Europeo para permitir una representación adecuada de los ciudadanos de
los Estados más pequeños; mientras que en el Consejo se ha venido
garantizando la relativa paridad de los Estados, a través del sistema
del voto ponderado en una horquilla limitada.
Esta asimetría estructural ha ido creciendo con las sucesivas
incorporaciones. Y a esta realidad parece obedecer la desazón que se
observa en algunos círculos intelectuales e incluso gubernamentales de
ciertos Estados miembros. Pero ninguna pretensión, por muy racional
que parezca, puede contribuir a romper el equilibrio original
establecido por la UE.
Europa deberá buscar su nuevo equilibrio en el reforzamiento de la
independencia de la Comisión y en la ampliación de los poderes al
Parlamento Europeo, instituciones que representan, respectivamente, el
interés comunitario y al conjunto de los ciudadanos europeos. Máxime
ahora cuando de lo que de verdad se discute es de superar la
unanimidad como método de toma de decisiones en el seno del Consejo.
Pues es un hecho, concreto y significativo, que nadie duda ya en
Europa, que las decisiones serán por mayoría y afectarán a todos.
Somos europeos y como tales celosos de que nuestros respectivos
países no pierdan sus privilegios tradicionales. Pero eso no puede
llevarnos, en un momento como éste, en el que somos la única
referencia de paz, prosperidad y democracia estable en esta parte del
mundo, a anteponer nuestros respectivos intereses nacionales a los más
generales de la Unión Europea como entidad política.
Asumamos, pues, como europeos, que el sistema político que estamos
construyendo es un modelo, un paradigma de referencia a los países de
nuestro más inmediato entorno. Con la caída del Muro de Berlín y el
final de la lógica de bloques, ha surgido una Europa distinta, y en
ésta la Unión Europea es, y debe seguir siéndolo, una clara y sólida
referencia de gobernanza democrática.
Responsablemente debemos obrar en consecuencia y pergeñar nuevas
reglas para organizarnos, a la vez que asignar nuevos objetivos a
nuestras políticas internas; y afianzarnos un lugar tanto en las
escena internacional como a ojos de nuestros vecinos más cercanos.
Estoy convencido de que por su propia naturaleza, la Unión Europea
está sobradamente capacitada para hacer frente a este reto. Desde el
principio, “el método comunitario” ha permitido erigir una
original arquitectura institucional a medio camino entre el modelo
federal y la unión de Estados. Ahora debemos llegar más lejos e
imaginar las vías con las que un mayor número de Estados puedan
profundizar la construcción de Europa sin renunciar en absoluto a sus
especificidades y particularidades nacionales y regionales.
La ambición es inmensa, pero está a la altura de los retos que nos
trazamos; a saber: por un lado, proponer un nuevo modelo basado en el
derecho, la exigencia del diálogo y del intercambio y la atención a
los más débiles; y, por otro, ejercer las nuevas responsabilidades que
requieren tanto la gestión de la economía mundial como la seguridad
colectiva.
Europa, a la vez, debe impulsar nuestra más preciada conquista,
como es la paz, más allá de nuestras fronteras comunes. En cuanto a
nuestra ambición de prosperidad, ya no puede limitarse a derribar las
barreras o los obstáculos a los intercambios. Para preparar el futuro
que se avecina, debemos integrar más nuestras economías, instaurar
verdaderas estrategias industriales, recuperar el retraso de la
investigación científica y de los sistemas educativos e inventar
nuevas formas de solidaridad en beneficio de los nuevos Estados
miembros.
Debe, además, anclarse en la vida diaria, y para ello desarrollar
políticas aún más próximas a nuestros conciudadanos.
Ejemplos no nos faltan. La seguridad, ya sea la lucha contra
inmigración ilegal o la protección frente al riesgo de epidemias. La
lucha contra el desempleo, mediante las reformas e inversiones que
deben crear un nuevo entorno de crecimiento. La defensa de los
derechos sociales que ya forman parte de la Carta Europea de los
Derechos Fundamentales. O la educación, donde todavía queda mucho por
hacer para asegurar la validación de los estudios y el reconocimiento
de los títulos. Para que la seguridad alimentaria esté garantizada y
los derechos de los consumidores sean defendidos, la armonía entre los
dispositivos de protección en la totalidad de Europa debe ser plena.
Europa debe inventar el camino para los nuevos candidatos. Además,
deberá intensificar aún más sus relaciones con sus vecinos tanto del
este como del sur: Rusia, Ucrania, países del Magreb, resto del
Mediterráneo y África occidental. Debe proponerles a todos una nueva
perspectiva: la de una Europa socia, más generosa y abierta, capaz de
promover un espacio común de intercambios, prosperidad y paz.
Y debe para ello apoyarse aún más en sus regiones fronterizas,
como ésta que celebra hoy esta Jornada, y convertirlas en verdaderos
instrumentos y agentes impulsores de este nuevo desarrollo.
Es aquí donde Canarias ambiciona ser protagonista, y donde la
Unión Europea puede sacar más rédito a sus políticas. Pues como
enclave estratégico en una encrucijada tricontinental, Canarias puede
convertirse en el adelantado de la Unión Europea en las dos orillas
del Atlántico.
Adoptar la futura Constitución es condición sine qua non
para todo progreso que quiera afrontar hoy la Unión Europea.
Por esa razón es por lo que este Parlamento ha querido celebrar
esta Jornada y compartirla con todos ustedes. A nadie se le esconde su
trascendencia tanto internacional como nacional y autonómica, pues en
torno a los contenidos de esta Carta Magna, que hoy se van a discutir,
dependerá el proceso futuro de la construcción de la Unión Europea.
No quiero terminar mi intervención sin dar las gracias a la
mayoría de los ponentes, moderadores y asistentes por el esfuerzo
realizado para estar aquí y ahora debatiendo con nosotros. De todo
corazón, muchas gracias a todos.
DOY POR INAUGURADA ESTA JORNADA
El Presidente del Parlamento de Canarias Gabriel
Mato Adrover
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